Entré en hospital con muy pocas ganas, es la tercera vez en este mes que pasaba lo mismo, y como dan lata. Todos por igual.
La manera de llamar la atención de mi mamá a la familia es; cada temporada tener una enfermedad diferente. Esta semana llamaron casi a diario. Desde ayer cada 3 horas, la primera llamada fue a las diez de la noche, pero como los conozco, no les hice caso. Aparte, tenía que terminar un trabajo atrasado.
Ahora llegaba al hospital, no me quedó más que presentarme, no tenía otro plan y así dejarían de molestarme. Toqué la puerta, sin esperar respuesta la abrí, pensando que todo me valía madre, pero al ver a mis hermanos alrededor de la cama, un frío congeló mi cuerpo, el silencio cerró mi garganta. Con trabajo me puse al lado de su cama, solo vi vida en sus ojos, lo demás estaba muerto.
Las miradas de la familia hacia mí, eran bastante variadas. Unas de coraje, de tristeza, otras de reproche o de angustia. La de ella era de amor. Me hizo pedazos y sin decir nada me acerqué, le di un beso en la frente, si estaba aún con vida, no lo sé lo que tengo por seguro es que todas las broncas pasadas, se fueron en el aire, por el aire.
Salí del hospital, era aún de noche, una noche sin luna, en la oscuridad se distinguía apenas el contorno de los árboles, sombras movidas por el viento.
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