— ¡Emma, su tía la está esperando, que se hace tarde para la misa! La niña, se escondió en la sala detrás de las gruesas cortinas que impedían la entrada del ruido de la calle y la luz del sol. Enedina, la encargada de cuidarla la buscó inútilmente por toda la casa; evitó la sala, pues sabía que era un lugar vedado para la niña y a ella, le aterrorizaba ese salón porque don Alejandro, su antiguo patrón, había muerto unos meses antes precisamente ahí.
El recinto no se usaba; las visitas eran escasas ahora con las hermanas de Margarita ya casadas y con la ausencia del patriarca de la familia, aún estaban de duelo. El lugar olía a naftalina y muebles añosos. Predominaba el color azul petróleo en las cortinas y rojo oxidado en los tapices de los muebles, las alfombras oscuras con estos mismos colores ahora pálidos desgastados por el tiempo.
Emma estaba muy enojada con Dios por haberse llevado a sus padres y hermanito al cielo. Al menos eso le dijeron, pero ella los vio acostados en unas cajas café y blanca en esa misma iglesia donde su tía la llevaba cada semana. El día del accidente, Emma se quedó en casa, su hermanito cumplía un año, los refuerzos de las vacunas vencían la semana siguiente pero su papá estaría fuera y su mamá no sabía manejar. Fue el mismo día en el que hubo una manifestación en contra del aumento de transporte; fue un camión atravesado a la mitad de Montes Urales y Paseo de la Reforma, lo que causó que el papá perdiera el control del auto, para estrellarse contra un árbol. La ambulancia tardó en llegar al lugar, encontrando a la familia muerta. Esto ocurrió el otoño anterior no lejos de la casa de su casa.
Cuando cesaron las llamadas de su nana, Emma se atrevió a salir del escondite. Se subió al sillón para alcanzar ése tapiz que tanto le gustaba; el tapiz de los niños jugando con naranjas. Pasó sus deditos sobre la rugosa tela circulando el contorno de las naranjas. La labor representaba a cinco niños semidesnudos, con unas túnicas sobre los hombros. Le recordaba a su hermanito antes del baño; su mamá lo dejaba sobre la alfombra para que tomara el sol. Emma jugaba con él rodándole una pelota anaranjada. Los dos niños disfrutaban mucho esos momentos.
Se sentó entristecida en el sillón, se limpió con los puños del vestido unos lagrimones que corrían por sus mejillas. Miró su manga y vio que la había manchado no sólo de lagrimas, también había mocos. Avergonzada miró a la puerta esperando una reprimenda de su tía, o de la nana. Le vino entonces a la memoria, la muñeca que su papá le regaló cuando cumplió cinco años. Y justamente éste vestido, su mamá lo había cosido copiando el de la muñeca. Emma, procuraba no ensuciarlo para que no se desluciera con las lavadas, le quedaba apretado y corto, pero no quería dejar de usarlo, era el último que su madre le había confeccionado.
La semana siguiente sería su cumpleaños, este año no habría ningún regalo. La familia seguía de duelo por la muerte de su padre, hermano de la tía Margarita. El único juguete que le permitieron llevar consigo a la casa de sus tías, fue una cuerda de brincar, la cual no había aprendido a usarla. La tía había comentado después del entierro:
—La niña tenía que haber estado en ese coche, no estamos en edad de cuidar un crío.
Emma escuchó, pero no captó el sentido el comentario, la servidumbre sí. Don Alejandro no se había repuesto después de la muerte de su hijo menor; el papa de Emma, ya eran muchas muertes sin despedidas, tres de sus hijos en un avionazo de México a Monterrey y su esposa de un infarto dos años antes. La nana Enedina, sabía que las vitaminas que su patrón tomaba, no eran precisamente eso, si no pastillas para dormir, que el anciano disfrazaba en una cajita de dulces de naranja y cierto era, que cada vez encontraba más frascos vacíos de medicina en la basura.
Emma, se quedó en la sala el resto de la mañana y cuando escuchó los taconeos de su tía que llegaba después de misa, volvió a esconderse, miró entonces por la ventana que daba al jardín, el aire movía las hojas que revoloteaban cayendo en el pasto recién podado. Miró también las semillas de Diente de León volando lejos. Su papá decía que eran haditas de los deseos, ella tenía tantos que no sabía con cuál empezar. Apesadumbrada se acostó en el sillón y se empezó a adormecer mirando el mismo cuadro de las naranjas. Entrevió a los niños en su duermevela, de pronto sintió caer una naranja sobre su vestido. Con el rabillo del ojo izquierdo, miró a los infantes invitándola a comer esa fruta, uno de los pequeños chupaba con fruición la fruta.. La niña peló con facilidad la que le habían arrojado, la desgajó, teniendo cuidado de no ensuciarse, absorbió el zumo deleitada.
— ¡ Niña, la comida está servida! — anunció la mucama.
— ¡Enedina! haga favor de traer a Emma, es su obligación tenerla en orden,
no la he visto desde el desayuno, ¿ dónde se habrá metido?
— Señorita, la busqué por toda la casa para la misa de doce, pero
no la encontré.
— La comida está lista, que se sirva y la niña no probará alimento hasta la cena, no toleraré su indisciplina, la buscaremos más tarde.
Después de la siesta Margarita llamó a la servidumbre y buscaron a Emma, repasaron toda la casa; recámaras que no se usaban, todos los salones y sótano, sin encontrarla. Por último la señorita, indicó a la mucama que podría estar en la sala o en el escritorio de su difunto padre.
— Nadie entra en ese lugar, la recamarera la limpió el lunes; es poco probable — sentenció Enedina.
—Ya está oscuro, Emma teme estar con la luz apagada— dijo la cocinera.
Revisaron el lugar, no vieron nada,, hasta que Margarita exclamó:
—¡ Oh Dios Emma!— señalando bajo el escritorio de don Alejandro.
Emma yacía muerta, en la mano sostenía una cajita que tenía pintada unas naranjas. Las pastillas blancas estaban dentro del pastillero y otras tiradas sobre la alfombra. Su vestido estaba manchado de un líquido que olía a naranja.
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